Después de tantos años, me dio gusto encontrarte observándome
en el lugar, en el momento y en las circunstancias menos imaginadas. Para ser
sincero nunca había pensado en la posibilidad de que eso sucediera. Y debo
decir que fue una especie de alegría mezclada con duda.
Alegría porque fuiste una persona muy querida que dejó una
huella muy especial durante ese periodo de mi vida y algunos años después también.
Duda, porque parecía que el tiempo hubiese hecho una pausa
contigo, te veías igual de hermosa y joven, como en mi último recuerdo de la tarde
de septiembre; que coincidentemente nos encontramos en aquellas bancas de
piedra y platicamos de todo, menos de las cosas importantes; entonces sucedió
que me miraste con esos ojos, con esa intención de querer decirme algo, de
encontrar en mí algo de eso que yo sabía
que buscabas; y que ahí estaba, pero que
ya había escondido bajo un orgullo lastimado y mi resolución de olvidar.
Por una parte me costaba creer que estuvieras tan igual, por
otra; desconfiaba que te estuviese confundiendo, por la precisión de mis ojos
que a la distancia ya suelen errar; pero entonces otra vez volviste a
observarme y enfoqué mi atención en ti, que te ocultaste entre la multitud, para
segundos después volver a salir de ese escondite y fijar nuevamente los ojos en
mí; que seguí viéndote sin molestarme en
disimular y en ese intercambio de miradas ocurrió, que de nuevo, una vez más; algo nos
quisimos decir.