Esa noche mi mano quería contarle un dulce secreto a la tuya, quería
darle un beso en la mejilla, susurrarle al oído sueños en los que no existe el
miedo. Quería decirle de sus ansiedad y de sus inmensas ganas por abrazarla,
por protegerla del frio, de todas las cosas.
Esa noche tu mano tenia miles de moléculas como las del imán y la mía
era dócil, blanda y expuesta como polvo de hierro, que no podía resistirse a esa fuerza de
atracción; que era inmensa, extraña, violenta.
Mi mano inquieta se extendía y se cerraba en muestra de impaciencia y
desesperación, parecía ajena a mí, es como si hubiera cobrado vida y voluntad
propia. La ansiedad me inundo y mi mirada buscaba disimuladamente tu mano
forrada, de la misma tela que cubre a la nieve, de la misma piel que solo los ángeles
visten; tú te parecías a uno de ellos.
Todo parecía tan irreal, poco a poco ganaba terreno el valor que
encontraba su complicidad en la noche y de pronto mi otra mano, que aún era mía
detuvo a su semejante, cuando ésta ya se disponía a abandonar su sitio, victima
del efecto imán.
Entonces yo amarré al corazón y guardé indefinidamente el deseo en una
frágil habitación.
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